martes, 9 de septiembre de 2014

El docente proactivo y el cambio posible

"Las familias de mis alumnos no colaboran", "estos niños no tienen interés", "cada dos años nos cambian la ley y así es imposible", "el equipo directivo nos lo pone todavía más difícil"... Cualquiera que haya estado alguna vez en una sala de profesores habrá escuchado frases como estas más de una vez. Lo malo es que, en no poco casos, son ciertas. Sin embargo es un error dejar que se conviertan en excusas para no cambiar nada y dejarnos llevar por la corriente del desánimo y el "que llegue ya el viernes".

Dicho de forma más sesuda, cuando los profesores nos recreamos en esta colección de creencias y afirmaciones tan poco estimulantes estamos centrándonos en el círculo de preocupación y, por tanto, desatendiendo nuestro círculo de influencia. Esto es lo que explica brillantemente Stephen R. Covey en su best seller Los siete hábitos de la gente altamente efectiva. Y, bajo mi punto de vista, da en la diana.

La diferencia esencial entre ambos círculos es que cada uno de nosotros tenemos el control sobre lo que sucede en el círculo de influencia, pero no sobre lo que ocurre en la zona de preocupación. Cuando gastamos nuestra exigua energía en este úlitmo actuamos de forma reactiva y no solo no logramos cambiar nada, sino que reducimos nuestra influencia sobre estos problemas a causa del victimismo y la sensación de incapacidad.



La clave para iniciar el cambio de todo eso que nos preocupa, pero que no depende nosotros, reside en la proactividad. Ser proactivo no es ser un "echao pa'lante" o ir de "sobrao". Ser proactivo es esencialmente ser responsable, entendiendo como tal la habilidad para elegir la respuesta ante cada una de las situaciones que nos encontramos. Ser proactivo es no plegarse al determinismo derrotista que postula que las cosas suceden porque tienen que suceder o "porque las cosas están fatal" o porque "ya nada es como antes".

El docente proactivo sabe que no puede cambiar los hábitos educativos de los padres de sus alumnos, pero sí es capaz de crear un grupo de WhatsApp o lo que sea para comunicarse más y mejor con ellos o de transmitirles altas expectativas de logro.

El docente proactivo sabe que sus alumnos son preadolescentes irritantes, pero es capaz aparcar por un tiempo el libro de texto y poner en marcha un proyecto de investigación con ellos.

El docente proactivo sabe que le cambiarán la ley tras las próximas elecciones, pero es capaz de concretar el currículo a nivel de aula conectando los contenidos con las bizarras preocupaciones de sus alumnos.

El docente proactivo también detesta la burocracia organizativa, pero es capaz de ofrecer su colaboración al equipo directivo para sacar adelante ese tostón de memoria o de proponer una aplicación informática que haga más llevadera la evaluación interna.

El docente proactivo sabe que no todos sus compañeros serán sus amigos ni estarán de acuerdo con su manera de entender la educación, pero es capaz de escucharles, de echar una mano con ese tablón que se cae o de preguntar cómo están sus hijos.

El docente proactivo sabe que no puede cambiar todo, pero es capaz de cambiar algo. Y ese algo es primer paso de otro algo y así, decisión a decisión y acción a acción, el círculo de influencia invade el círculo de preocupación y se logran cambios impensables. Ningún profesor, ningún centro, ningún aula están condenados a ser siempre lo que son ahora. El cambio es posible y es real cuando se sabe adonde se quiere llegar y se actúa con responsabilidad y proactividad.