sábado, 1 de agosto de 2015

Del colegio al equipo de orientación

Estoy en fase de transición. Dentro de un mes comenzaré una nueva etapa profesional en el Equipo de Orientación de Villarejo de Salvanés, en la Comunidad de Madrid. Allá por septiembre de 2006 daba mis primeros paso como orientador educativo en el corazón de La Mancha. Cuando yo llegué, el flamante modelo de orientación interno en Educación Infantil y Primaria brillaba radiante en su segundo curso de andadura en Castilla-La Mancha.

A los más jóvenes del lugar (y a muchos veteranos) aquello nos parecía formidable. Era orientación de calidad: inclusión, cercanía, programas, prevención, tiempo,... Y, bueno, a muchos nos permitió acceder a un puesto de trabajo para el llevábamos años preparándonos. Me sorprendió saber que a muchos de los orientadores que venían de los equipos aquello no les gustaba. Había incluso un recurso administrativo interpuesto por un sindicato contra el nuevo modelo. No sé muy bien cómo acabó aquello.

A mí me ha gustado trabajar como orientador formando parte del centro educativo. Estar cerca cada día de los alumnos, ser compañero de los maestros (y no un pakistaní) son valores muy apreciados. El sentido de pertenencia y la presencia han sido vitales para no reducir mi trabajo a un frío bucle evaluación-informe-dictamen. Este modelo me ha permitido trabajar en ocasiones a cámara lenta, en el detalle pequeño y, sobre todo, estar en el corazón de proyectos que han generado los cambios que buscábamos.

Pero también es cierto que frecuentemente me he sentido solo en el plano profesional, particularmente desde que murió el Plan de Orientación de Zona y perdimos la posibilidad de reunirnos mensualmente los orientadores de la zona. Esas reuniones incomprendidas por los que habitan los despachos tenían un valor enorme para nosotros: compartir, aprender, escuchar, desahogarse, encontrar soluciones,... Eran válvula de escape y recarga de baterías.


Mi presencia en el centro también ha hecho confundir ocasionalmente mis funciones. A mí mismo y a mis compañeros. Esto ha generado, en ocasiones, un exceso de demandas y cierta traslación de responsabilidades. Creo firmemente en la capacidad del profesorado para dar respuesta desde sus conocimientos y su experiencia a multitud de retos que se encuentran en el día a día de su aula.

Quién me iba a decir a mí que diez cursos después, haría el viaje a la inversa: del colegio al equipo de orientación. Pero es lo que tiene la ridícula España de las Comunidades Autónomas. Ahora trabajaré mucho más cerca de mi casa, pero parece que cambio de continente. De esta nueva etapa espero sentir la cercanía y complicidad de un equipo de profesionales. Espero mucho trabajo. Sé que contare con más recursos y también sé que perderé proximidad (y todo lo que ello implica) con maestros, alumnos y familias. Lo demás, está por ver.

Comienzo con ilusión esta nueva etapa y confío que la experiencia y aprendizajes acumulados en los últimos años me sirvan para hacer mi trabajo con la calidad que merecen las personas que con quien compartiré esta nueva aventura. Me gusta ser orientador.